LO DIJO PUCHO
A Roberto Iriarte.
por estimularme a hacer el intento
A Norman Brisky.
por pescador
A mis amigos del café, no.
si son ellos los que me dedicaron la historia.
Un sábado a la tarde, como todos los sábados, el encuentro con mi grupo de amigos de fierro en la confitería Juárez. El gurú, el chita, Hugo, el turco y yo. Amigos desde hace tanto pero tanto tiempo, que a veces uno tiende a pensar que nos venimos conociendo, vaya uno a saber, quizás desde otro mundo o galaxia. Y como todos los sábados, los mismos temas… Los mismos lindos temas: minas, fútbol y algún que otro deporte, las infaltables gastadas, y otros varios… que son los de ocasión. Siempre los mismos, pero a su vez siempre diferentes. La coordinada sanata fluye libre y continua, como la placentera y fresca música que ofrece el alegre chasquido del agua sobre las piedras de un arroyito serrano. Siempre igual pero siempre diferente.
No, no es que me haya olvidado “del tema”, un incondicional e insustituible tema: La Pesca. Es que para nuestro grupo… la pesca no es un deporte más, es una pasión, o el bálsamo espiritual más grande, o qué sé yo… más que eso! Quizás lo más sublime del alma y del corazón. Toda y la más alta sensibilidad del placer se conjuga en un programa de pesca. Pero a diferencia de muchos que abrazan este mismo sentimiento, para nosotros la pesca en sí es sólo el objetivo motivador, o al menos, el más fácil de explicar. Sin embargo, es el todo lo que conduce al éxtasis. Un holístico placer. Cada momento tiene su magia, toda acción es propicia y espera ser disfrutada. Lo importante no es pescar, sino estar pescando. Sí, incluso desde los días previos con los preparativos, momentos cargados de natural expectativa por vivir lo que será todo aquello… y a lo mejor quién te dice… un poquito más. Hasta el regreso, cargado siempre de anécdotas, de naturaleza, de emociones y gastadas cruzadas, pero no siempre con la satisfacción de haber pescado. Qué incomparable sensación la del pique! Disparo de emoción que repentinamente estalla en el medio del pecho haciendo ingobernable el latido del corazón. Casi nada puede superar la emoción que embarga la sostenida lucha mantenida entre el pescador y un aguerrido Dorado, quien a lo lejos con su salto provocativo pareciera redoblar el desafío en la batalla. Si de tanta pasión, se insinúa que por la pesca dejamos de lado a nuestras mujeres. No es así. Vamos a pescar porque de ellas... estamos enamorados. Si no las tuviéramos, no podríamos ir de pesca. Porque las estaríamos buscando....
Pero ese sábado en el café, la barra de viejos amigos pescadores tenía su orgullo mancillado. Veníamos de mala racha. Las últimas salidas de pesca estuvieron signadas por la absoluta falta de pique, o en el mejor de los casos, las pocas luchas libradas dieron al pez como justo ganador. -Viste como estaba revuelto el río? Por eso el agua estaba sucia, y cuando es así el bicho no come… no hay pique ni por asomo- dijo el turco. Cuando el bicho tiene hambre el pique se da igual, pero no era mi día- sentenció el chita. -Ah si? Y la vez anterior entonces, porqué no pescamos, eh?- Volvió a insistir el turco como tratando de mostrar a través de las repeticiones de los sucesos la existencia de un factor que tenga asociación con los últimos y estrepitosos resultados negativos. De inmediato, el memorioso Hugo recordó -En aquella oportunidad había luna llena. -Sí- dijo el gurú, confirmando la ocurrencia de esa desgraciada e inoportuna influencia lunar que, según dicen, limita enormemente la actividad de los peces. -Los bichos no están por la depredación que hacen los malleros..- acusé con bronca la información de primera agua que nos habían suministrado tantas veces los mismos guías, cabañeros y lugareños. -Es una barbaridad lo que están haciendo. Están filtrando el río!- exclamó el chita. -y como siga así la cosa el Dorado pronto será una especie en extinción-. Hé!, mientras Fauna y Prefectura se hacen los distraídos por las coimas que reciben- Hugo fustigó duramente, aunque no sin razón. Y como todavía insatisfecho, sin dejar pasar la oportunidad de pegar a todo político o cura que se le cruce, agregó -Como siempre! Los gobiernos miran para otro lado!- Un manto de silencio tan pesado y oscuro, como cortada de suburbio en noche cerrada, indicaba que se tenía que salir rápido de esa situación. Demasiado apocalíptica para las esperanzas de cualquier pescador. No toleraríamos admitir que la principal causa de nuestros fracasos se pudiera deber a algo tan rígido e inelástico, con casi nula expectativa de cambio, como la al menos inescrupulosa actitud de nuestros gobernantes. Claro, menos deprimente sería la mala suerte… o las condiciones climáticas en contra, ya que éstas se podrían revertir más fácilmente.
Como llevado por la necesidad me empeñé en señalar que no hace mucho en Empedrado habíamos tenido una pesca más que excelente, cosa que motivó el feliz recuerdo del gurú. -Sí, fue buenísima! Sacamos Surubí y Dorado, lindos bichos!- Hugo sumó lo suyo: -También el anteaño pasado… para el cumpleaños de ustedes en Esquina, se acuerdan?- memorando una de las mejores jornadas. Cómo olvidarlo! Es que desde hace un tiempo festejamos los cumple del gurú y el mío, 7 y 8 de enero, disfrutando en los grandes pesqueros del río Paraná. Qué mejor regalo! -Nunca tuvimos tanto pique de Surubí como esa vez- volvió a regodearse el gurú. -Es cierto- dijo el chita, y sin desaprovechar la ocasión le dio sin asco al turco… -Hasta éste pescó en Empedrado… que desde hace tiempo va de pesca sólo para compartir los gastos-. Pero muchachos! para buen pique de Dorados tenemos que ir más adelante, cuando empiezan a florecer los lapachos rosados- interpuso el turco presuroso por salir de la difícil situación, acotando una premisa o casi ley sostenida por José, el mejor guía de Esquina y por cierto el preferido del grupo.
José, un lugareño nacido y criado entre correderas y remansos, nos había dicho hace tiempo que el Dorado sale cuando florece el lapacho. El lapacho rosado, emblema de singular belleza en todo el litoral correntino, al florecer en julio y agosto realza con su color la sublime naturaleza de la tierra del sapucay, agolpándose sobre la costa como acordonando al majestuoso Río. El lapacho es también anécdota... nacida en el regreso de uno de los tantos programas de pesca. Fue en agosto cuando volvíamos de Goya. El turco, motivado por la esplendorosa y colorida belleza de los lapachos plenamente florecidos y por las pocas ganas de llegar a Pergamino, se le antojó comprar un par de plantas de tan noble especie. La verdad sea dicha, nunca se quiere volver. Entonces, cualquier pretexto es bueno para boludear en cada una de las tantas paradas al pedo durante el viaje de vuelta a lo cotidiano. De salida nomás estuvimos una hora buscando un vivero en el centro de Goya, y después el municipal. Nada de lapacho! pero sí un árbol parecido llamado pezuña de vaca. No conforme, dos viveros más sobre la ruta antes de transitar los primeros veinte kilómetros desde el punto de partida, ello sin perjuicio de paradas intermedias para comprar biscochitos, fasos y hasta un bolso de mimbre. El chita… verde! Justo él, que después del desayuno del día de regreso lo embarga la ansiedad por pegar la vuelta para llegar cuanto antes y de una si pudiera. Siempre con la excusa de tener que pasar por la oficina. Volverse rápido es su consigna, pero no la del turco. A pesar de las mil protestas y la terrible cara de orto por sentir desatendida su invariable urgencia de regreso, el chita tenía razón con lo del lapacho. A quién se le ocurriría comprar una planta donde ésta crece por doquier y de manera silvestre? Sí, sólo al turco. Peor aún, es que.. a nadie le interesaba venderla! Claro, sería más o menos como vender arena en el medio del Sahara. Sin embargo, hoy un lapacho rosado crece vigoroso en su terreno. Al hermoso ejemplar lo compré en un vivero que está a unas pocas cuadras de la casa del turco.
En el bar siguieron redoblándose los comentarios estimulantes sobre grandes y mayores hazañas. La vez que pescamos 38 Dorados, todos de medida. La de Itaibaté, en el límite con el Paraguay, donde tres increíbles Surubí -tigre del Paraná- y un gran Dorado nos dieron la oportunidad de disfrutar las mejores batallas. En aquella ocasión el chita logró el record del bicho más grande, un Surubí gigante de nada menos que 55 kilos, proeza que se magnifica si se tiene en cuenta que su reel se averió en el medio de la feroz y larga lucha. Y no sólo eso! Ese día en la misma lancha, yo saqué uno de 35 kilos y el gurú un doradazo! Tampoco faltaron las gastadas hacia los de la otra lancha, quienes se dedicaban sólo a mirar… como en primera fila. Cosa no poco frecuente. Todo ello y algo más se atesora en la caja fuerte de nuestra memoria, cual si fuera un plazo fijo con el sólo destino de cubrir alguna imperiosa necesidad del alma o del corazón.
Pero aquella tarde, entre puchos y café, de nada valieron los recuerdos de exitosas jornadas, porque más cercanos aún estaban tallando los recientes fracasos. Lo cierto era que veníamos haciendo sapo, uno tras otro, durante las últimas excursiones de pesca en nuestro maravilloso e incomparable delta correntino. Razones… sobradas había. Que la luna, la temperatura del agua, la crecida… y la puta que lo parió! Aunque éstas no alcanzaban a redimir el herido espíritu de pescadores con inocultable sed de revancha. Entonces, imperaba buscar la alternativa tan pronta como segura para recomponer el maltrecho estado de ánimo, transformado ya en ansiedad incontrolable… -Tengo la posta!!- tiró sobre la mesa el gurú casi gritando de emoción, con ojos salientes y rostro exultante. Como regocijado por el dato tan ansiosamente esperado y oportuno. Sabíamos que el gurú había estado investigando sobre el tema en esos días, auscultando donde estaba el pique a todo presunto pescador que conocía. -El dato es confiable, lo dijo Pucho!- insistió entusiasta como certificando la fuente de información. Pucho era el muchacho de confianza y mano derecha del gurú, el ingeniero, a quien Pucho le estaba ayudando en la construcción de un nuevo hotel en Pergamino. -Es una laguna que sólo Pucho la conoce- redobló la apuesta el gurú monopolizando los antecedentes del lugar y la confianza en su compañero de obra. -Pucho dice que está llena de matungos, pejerreyes grandes que algunos son de kilo, kilo y medio- Nuestra credibilidad era incuestionable, no hacia Pucho a quien prácticamente no conocíamos sino hacia el gurú, y más por su historia que por otra cosa, ya que últimamente padecía de algunos tropezones.
Todavía con los latidos acelerados por el dato salvador y con la mirada clavada en los labios del gurú, Hugo preguntó -Donde queda esa laguna?- sintetizando la curiosidad de todos. -Está sobre el Salado, pasando Chacabuco y siguiendo como hacia Bragado- continuó agregando el gurú… -Pucho dijo que siempre tiene pejerrey hasta el culo!, ya que es poco frecuentada por lo apartado del lugar. El la conoce bien porque nació y fue criado por ahí cerca, hasta que se vino con sus padres para Pergamino siendo jovencito- Cada uno sintió y pensó lo mismo. Cerraba justo! Por pesca segura, divertida, y porque a todos nos enloquece el filet de pejerrey frito, pero más que nada por lo primero. Vamos este fin de semana!- sugirió el gurú, más como un ferviente deseo que como una invitación. El turco y yo aprobamos la idea de inmediato. En cambio, los dos contadores se bajaron. Hugo lamentó estar tapado de laburo por el vencimiento de ganancias. El chita también estaría complicado.... o quizás no le haya gustado demasiado el programa. Con la parquedad que lo caracteriza sólo atinó a decir… -No cuenten conmigo-
El programa empezó a armarse ahí nomás. -En qué van a ir?- consultó Hugo. -Si vamos en el Tempra?… ofrecí. Con gas sale más económico- Pero no sería justo que una mera cuestión monetaria se anteponga a la dedicación que había puesto el gurú durante la semana para poner en condiciones a su máquina. Después de todo… él era como el responsable del programa… -Mejor en mi chata, porque hay muchas cosas para llevar- argumentó. -Le puse gomas nuevas, le cambié aceite y filtro, y cuando la saque del taller por las correas y otros detallecitos.. me queda impecable!- acotó gentil y orgulloso el gurú de su vieja y noble Saveiro. El turco, diligente para armar la salida de pesca, propuso -Yo preparo la caja con las líneas y compro el fiambre. Ustedes encárguense de la carnada porque el día anterior voy a estar en Buenos Aires y vuelvo muy tarde- Quedate tranquilo que yo me encargo- dijo el gurú con solidario entusiasmo. -A las 5 de la madrugada te pasamos a buscar, despreocupate! Estaba todo armado. Un listado de las cosas imprescindibles y de todas aquellas por insignificantes que sean. Todo previsto. Hasta la Spica del gurú para escuchar el partido. Una reliquia que todavía conservaba como un legado ancestral. Agarraba una sola estación de Buenos Aires, pero suficiente para poder palpitar la jornada futbolera. -Yo estoy al pedo. Así que me encargo de todo- dijo el gurú. Y comenzó con su cometido.. -Vos Nico, prepará tu conservadora para traer los pescados, que es bien grande. Ah, y además varias bolsas de consorcio por si acaso- No estaba al pedo. Era su ansiedad que no le dejaría hacer otra cosa durante el día previo a la salida. Esa embriagante excitación estaba totalmente justificada. Es que no era poca cosa. Evocando a su profesión, sería el ingeniero el constructor de la gran posibilidad de revancha. El artífice en el derrumbe del maleficio, que seguramente iría a producirse como consecuencia de su ciega confianza en el dato traído por Pucho. Una laguna de privilegio, alejada de muchedumbres que podrían depredarla. Una laguna infectada de pejerreyes, quizás sólo para nosotros.
La madrugada llegó. Con exactitud meridiana el gurú me pasó a buscar a la hora convenida con su chata bien lavadita y gomas nuevas, reluciente y hasta perfumada! La caja con cúpula de lona impermeable, y con cierre relámpago. Muy oportuno e importante aditamento que nos ponía a resguardo no sólo del frío sino también de cualquier lluvia que pudiera sorprendernos en el camino. Posibilidad no lejana, ya que el día anterior había estado muy tormentoso. -Todo listo? pregunté. -Todo pipí cucú- respondió acomodándose la gorra en medio de la noche. Al cargar la conservadora vi que Pucho ya estaba ubicado en la caja. Nos saludamos. Se lo notaba muy contento y excitado como nadie. Después de tanto tiempo volvería a pisar por su pago. Quedaba pasar a buscar al turco. A las 5 en punto estábamos frente a su casa. El gurú se bajó quizás para ayudarle a traer lo que faltaba, su bolso y la caja de pesca. Mientras, Pucho y yo reacomodábamos las cañas, bolsos y abrigos, conservadora, posacañas, tachos, cocinita portátil… y mil boludeces más. Un equipo de mate en la cabina y otro equipo en la caja de la chata, y ahí nos tratamos de acomodar como pudimos. De pronto escuchamos que el turco estaba cagando a pedo al gurú por haber tocado timbre y despertado a toda su familia. Pero fue sólo un instante. La mística milagrosa de la pesca todo lo relativiza. Lo que traía el turco se sumó al kilombo de cosas que llevábamos, cuyo intento de acomodamiento no le hizo perder la condición de tal. Faltaba levantar el pan fresco de la panadería “Ova”, abierta las 24 horas, y para allá fuimos. -Cuánto compro?- preguntó el turco como para mostrar que te considera. -Con dos felipes para cada uno nos alcanza- respondió ingenuamente el gurú, olvidándose que en cuestión de comida el turco iría a comprar lo que se le cante las pelotas. Nadie olvida el atinado comentario que con cierto sarcasmo le hiciera la chica del súper aquel día en San Blass. Estábamos en el puesto de fiambres eligiendo quesos para una picada. El turco toma la iniciativa en la compra, como era de esperar por tratarse de comestibles, y consulta al grupo qué tipos de quesos preferían. Contestamos, y nos distrajimos un poco viendo boludeces de la góndola de al lado. Tranquilos porque con él se había quedado el chita, para vigilar cuerpo a cuerpo la cantidad que iba a llevar. Y estaba bien que estuvieran juntos, porque por separado, con el turco no te salvarías de una constipación, y con el chita te cagarías de hambre. Lo importante de las cosas en su punto medio. Ya elegidos los quesos, se escucha que la chica del puesto habiendo observado todo, le dice sonriendo al turco: Para qué les pregunta señor, si después lleva lo que usted quiere?- No tuvo respuesta, sólo esbozó una nerviosa sonrisa y se puso colorado. Sabía lo que se le venía. Felicitamos a la chica por el preciado regalo que nos había hecho.
En esa madrugada, prestos para partir hacia la maravillosa y enigmática laguna, el turco salió de la panadería con un kilo y medio de felipes, facturas, más dos bolsas de bizcochos de grasa que son su debilidad. -Trajiste el fiambre, turco? Y de inmediato agregué: Sí.., no? con esa boluda manera de dar por echo lo que se consulta. En este caso, una pregunta recontrapelotuda. Como si no conociera al interpelado. Porque es cierto que el turco se olvida de todo, de la fecha de su aniversario, los cumpleaños, y hasta lo que se dijo hace un rato, pero… de la comida, ni en pedo!! Lo tengo acá adelante en la cabina. Traje unos salamines de primera!- me respondió, después de haber verificado con sus propios ojos que los salamines realmente seguían estando ahí. Chequear si todavía tenía los salamines fue una acción reflejo. Porque seguramente le habría pasado como un flash por su cabeza aquella intolerable experiencia que sufrió hasta en el alma hace unos años. Éramos seis, a los cinco de siempre se había agregado Raúl, el hermano de Hugo, quien de vez en cuando nos acompaña en las salidas de pesca. Tres por lancha. El chita, el gurú y yo en una; Hugo, Raúl y el turco en la otra lancha. Nos dividimos así por cuestiones ajenas al feeling o al azar. Es porque también así agrupados ocupamos las dos cabañas para pasar las noches, tanto en Esquina como en cualquier otro pesquero. O sea, formamos dos grupos: los roncadores y no roncadores. Lo cual no es una división, sino más bien diría que, lo que nos une en la noche… también nos une en el día. La horrorosa experiencia del turco comenzó cuando, inmerso en la plácida, virgen y estimulante naturaleza del delta correntino, a media mañana le agarró hambre. No es que el hambre sea algo raro sobre todo en él, ya que a cualquier hora suele manotear lo que primero encuentre en la canasta de la comida que cada lancha lleva para pasar el día. Pero en esa oportunidad la canasta no aparecía por ningún lado. Buscaba desesperado, una y otra vez en cada rincón, según se supo por parte de Raúl y Hugo quienes integraban la embarcación. El turco sentía que estaba más lejos de un mercadito, o de un kiosco por lo menos, que de la misma muerte. Gritaba con más estupor que molestia -Cómo que no está! Quién tenía que subir la canasta!- mas mil acusaciones y preguntas inquisidoras. -Quizás estén las dos canastas juntas en la otra lancha- sugirió el guía. -Seguro!- exclamó el turco, dejándose invadir por una esperanza tan justa como necesaria. Después de veinte minutos de navegar raudamente, dieron con nuestro paradero en la desembocadura de otro brazo del río. Creo que nos habíamos alejado en busca de mejor pique. O quizás, lo hayamos estado esperando. Al arrimarse con la lancha vimos que en su rostro se reflejaba un alto grado de preocupación. -Fijate que por ahí debe estar también mi canasta- dijo como al bulto hacia nuestra lancha. Pareció que la buscábamos hasta con sentido esfuerzo, pero con un obvio resultado negativo. -No, acá no hay nada- alguien replicó. Esa sentencia la sintió como un cuchillazo. La cara del turco tornó a la mayor expresión de la desesperación y la angustia. Nunca lo habíamos visto de semejante manera. Totalmente desencajado. Para rematar su más recóndita esperanza, y a su vez despejar toda duda, aún las que pudieran existir sobre nuestro equipo… el chita le dijo: -Seguro que quedó allá, en el quincho. Nosotros agarramos la nuestra- Y para llevar al máximo su animosidad, insistió con una pregunta que ahondó más en la herida.. -Cómo! ninguno de ustedes levantó la canasta de la comida?-
Hugo sospechó algo, al observar que el otro cetáceo de su lancha, Raúl, no estaba para nada preocupado, siendo que al tratarse de comida… no era menos que el turco. Efectivamente, Raúl había visto en el embarcadero, cuando el chita me pasaba la canasta de ellos para que la escondiéramos en nuestra lancha. El turro de Raúl era el único que lo sabía, pero nos hizo el aguante y no buchoneó. -No, yo no voy a resistir! bramaba el turco con los ojos desorbitados. Estaba lejos de resignarse a la tortura que sobrevendría. -Nos vamos a tener que volver. No queda otra!- Prefería perder el día de pesca, la guita que igual habrían de pagar si se volvían, lo que sea. Pero, sin comer… Jamás! Ya era penoso seguir siendo testigos de tamaña escena. Seguros de no haberlo visto nunca de esa manera, pero nunca eh... Frustrado, acobardado, y encima con sentimiento de culpa hacia sus compañeros por promover el regreso. Porque si de algo el turco estaba convencido, es que nuestra comida no se compartía. Por eso, ni la pidió. Antes que insista en la retirada, y porque la situación ya nos había ablandado un poquito, nos miramos con el chita, éste entonces se agachó y del buche delantero izquierdo de la lancha.. sacó la canasta. Una rara mezcla de estupor, felicidad y odio se adueñó de cada una de sus células. Un retrato de la cara del turco habría de ganar seguro en cualquier muestra internacional. Sólo atinó a gritar una y otra vez… -Con la comida no se jode!, con la comida no se jode!- mientras se alejaba con la lancha a otro sitio. A cualquier lugar, pero otro.
Ya en la ruta y encaminados hacia la laguna, a ese paraíso que nos estaba esperando, yo dialogaba con Pucho en la caja de la chata mientras no terminábamos de acomodarnos. Puteaba para mis adentros y me preguntaba, para qué mierda llevábamos tantas cosas si ese mismo día nos volvíamos. -No se quiere tomar unos matecitos, ahora que está clareando?- insinuó gentilmente Pucho, respetando en el trato la lógica diferencia de edad. -Sí, metele que está bárbaro para unos buenos amargos- consentí, con ganas de algo calentito. Muy correcto este muchacho. Simple pero educado. Entre mate y mate me contó sobre su familia. Que desde muy chico trabajaba junto a su padre, puestero de una estancia casi pegada a la laguna donde íbamos a pescar. No era de casualidad el dato, ni que Pucho la conociera tanto... En él se notaba la buena crianza, de la mano del sacrificio y de padres trabajadores y honrados. En su expresión se reflejaba el muchacho de campo, transparente, buenazo, cordial y responsable. Pucho me había caído bien, y qué mates se estaba cebando! De pronto la chata detuvo su marcha al costado de la ruta. -Qué habrá pasado?- pregunté en voz alta- Pucho me aclaró que debíamos haber llegado al desvío, que él mismo le había marcado al gurú en un planito hecho a mano para que pudiera guiarse sin problemas. Camino de tierra de unos 40 Km. había que hacer para llegar a destino. Desde la cabina nos hacen seña para que bajemos. Con la intriga del caso, abrimos el cierre trasero de la cúpula de lona, y nos apeamos. Comprendí entonces que no era un camino de tierra, sino de barro. Lo que fue tormentoso en Pergamino, todo ahí se había descargado.
Situación difícil de decidir la que se nos había presentado. -Muy probable que nos quedemos encajado- dijo el gurú. Mala pasada la del destino, justo en el viaje soñado. Bueno.. tenemos gomas nuevas- reflexionó el turco. -Ya que llegamos acá… y si algo pasara, un tractor se consigue en cualquier lado- opiné con tendencioso optimismo. Y ahí nomás encaramos! El gurú trataba de seguir los huellones, ya que estaba firme lo de abajo. Pero fue una de saltos, sacudones, coleteadas… y panzazo tras panzazo. Si la Saveiro era dura en ruta, ahí, ni te hablo. Recién habíamos hecho quinientos metros y ya dos choques de cabeza con Pucho nos había destrozado. Insufrible era el camino. Rebotando contra el piso, parantes y costados... hombros, codos y cadera, todo magullado! En medio de bolsos, cañas y tarros íbamos con Pucho entrelazados. Desde arriba de una pila de cosas, la caja de pesca y la puta cocinita se vinieron en banda y derecho a los tobillos me pegaron. Pero quién carajo las había acomodado! Por boludo me pasa ésto! Yo mismo le había ofrecido al turco que se sentara adelante, cómodamente en la cabina. Si el turco fue el último en subirse, acá atrás le debía haber tocado. Para qué mierda esa amabilidad condescendiente y pelotuda, que no sé qué logra ni qué pretende.. Nó viejo! A vos te toca atrás! Un palo y a la bolsa, que joderse, y después vemos. Pero no, como un pajero elegí el tormento. Siga participando! Y sin premio...
No sé si como necesidad o anestesia ante tanto sufrimiento, pensé que el premio me estaría esperando allá, cuando llegáramos. Pucho ya iba cada vez más atento. Mirando a través de una pequeña ventanita de vidrio fijo, que comunicaba visualmente la cúpula con la cabina y permitía ver algo hacia delante. Más que nada iba oteando, como si estuviera percibiendo los olores del cercano terruño que lo vio nacer. -Estamos muy cerca- dijo Pucho, y entonces se me puso la piel de gallina. Aunque sólo estábamos entre campo y campo en el medio de la nada, y desde hacía tiempo ni un caserío a la vista por donde se
mirara. De pronto... -Es por allá adelante!- exclamó impaciente, con evidente nerviosismo. Y enseguida nomás golpeó la cabina, para llamar la atención de los de adelante. A los gritos les indicó -Paren cuando vean un puentecito!- A unos trescientos metros aproximadamente, la chata se detuvo, y pareció ocurrir lo mismo con los corazones. Dejé bajar primero a Pucho, ya que lucía chapa de indiscutido guía. Fui el último en llegar hasta donde estaban los tres, parados sobre el mismísimo puente. Lo primero que me llamó la atención fue la cortante mirada en silencio del gurú y el turco hacia Pucho. Lo vi palidecer... sin respirar y con la boca entreabierta. Parado, inmóvil, frente a la baranda del puente. Con la imagen helada de un rostro perplejo y la vista perdida en el horizonte. -Hasta allá... donde apenas se ve una borrosa hilera de eucaliptos, hasta allá era laguna- señaló Pucho con su brazo semiextendido, casi balbuceando con voz lacónica y quebrada. Lo que había sido la gran laguna… ahora… Todo Soja! Lista para cosechar. Una puta soja!! Noo!.. -Pucho y la que te reparió!- me salió desde adentro. -Pero quién carajo.. la reputa madre!!- La madre sería una santa, pero qué muchacho pelotudo! este Pucho... Imposible más mala leche! Cómo mierda podía ser cierto lo que estábamos viendo. El gurú, más en silencio que Pucho, sin reaccionar. Mas bien petrificado. El turco en cambio, moviendo levemente la cabeza hacia los costados con sentido de negación, y de cara a la soja, decía -no.. puede.. ser, no.. puede.. ser- Y de inmediato comenzó a reírse sin parar. Me di cuenta que su risa nerviosa se debía a una reacción involuntaria de su organismo, a fin de poder liberar la energía contenida por la impotencia.
Los cuatro quedamos apoyados sobre la baranda del puente, casi sin aliento, observando el ocre paisaje de la soja en estado de madurez. La laguna se había transformado en un mar. Un mar de porotos, cuya valiosa proteína alimenta a gran parte del mundo. Inspirando profundamente, asumiendo una situación ya irreversible, atiné a comentar -La culpa la tiene la globalización- Ma qué globalización… -dijo ofuscadamente el gurú, quien estaba doblemente preocupado. Por el fracaso, al igual que nosotros, y porque lo de Pucho de alguna manera lo comprometía, y casi que medio fiero lo comprometía. Pucho estaba destruido. Porque era su laguna… La que lo había acompañado durante toda su infancia y parte de la adolescencia. Como el patio, su propio club, su parque de diversiones.. de aquellos tiempos. Toda suya la laguna. Era donde él había escondido miles de andanzas y secretos. La laguna que lo hizo crecer, y quizás la que en una tardecita de verano lo había iniciado en eso de hacerse hombre. Todo aquello ya no existía. Se había borrado tristemente del universo.
El turco dijo que el problema no radicaba sólo en la globalización. -Es la política de mercado, lo que hizo desaparecer la laguna. Es el feroz e insensible poder del capital salvaje- volvió a la carga. Como buen comerciante, honrando a sus raíces, le puso precio a la cosa. -Claro! Si sólo una hectárea de soja vale más que todos los pejerreyes juntos- Mercantilistas!! Neoliberales de mierda!! grité agitando mi brazo en lo alto para sacarme la bronca. Giramos pesadamente nuestros cuerpos, encaminándonos hacia la chata para el regreso, cuando el turco intentando reponerse dijo: Muchachos! Pesquemos en el arroyito que pasa por debajo del puente. -Dale!- pareció revivir Pucho, como ansiando una nueva oportunidad. Quizás los pejerreyes habrían quedado concentrados en ese angosto pero esperanzador curso de agua. Aunque inesperadamente, el gurú apareció en escena como el torero cuando clava su espada sellando la suerte del infortunado toro. -No tenemos carnada- sentenció de una. -Cómo que no tenemos carnada! gritó el turco. -No me dijiste que me despreocupara?, que vos te ibas a encargar de comprarla? -Pensé que la vendían por acá… como en todos los lugares de pesca! se excusaba el gurú sin alcanzar a convencer. En otra ocasión lo hubiéramos matado. Pero sería injusto, porque en la lista Pucho estaba primero. El gurú se vio obligado a ofrecer una solución. -Para usar de carnada tenemos los salamines!- dijo con cierto temor mirando al turco de reojo, como sabiendo lo que venía. Ni lo pienses! Con la comida no se jode!- retrucó el turco sensiblemente tocado en sus fibras mas íntimas. Como para escapar de tanta desgracia junta, el gurú fue hacia la chata y se vino con una gomera. -Qué vas a hacer? le pregunté. -Ahora vas a ver, yo de chico era bueno con esto- dijo arrimándose a la baranda del puente. Levantó una pequeña piedra, y con la gomera le apuntó a un ganso que justo estaba sobre el arroyito a unos 20 metros adelante, acicalándose en sus tranquilas aguas. Reiteró el intento repetidas veces. Tan lejos le pasaba, que el ganso en ves de irse asustado como sería de esperar, comenzó a acercársele. El ganso parecía más que mirarlo mientras se arrimaba. Se vino demasiado cerca. Lo suficiente como para que el gurú, observara su gomera agachando la cabeza, y desistiera de usarla.
Habiendo tenido ya bastante, cansado y abatido por las circunstancias, encaré para la cabina de la chata, quizás en busca de la reparadora tibieza que el sol había instalado en su interior. No sé cuando... envuelto por la magia de un extraño y difuso resplandor, alcanzo a apreciar que todos cambiaban de ánimo. Pude observar al turco preparando su caña con entusiasmo. Encarnó con un pedazo de salamín en un anzuelo un tanto exagerado. Quedé sorprendido al ver lo que estaba haciendo. Porque sabemos que para él… con la comida no se jode. Pero no, como si nada y sonriente, tira la caña allá lejos. Si hasta el canal de agua me parecía mucho más ancho. Todos tensos, expectantes… como sospechando de algo. Que algo podía pasar. Tan sólo un instante después, lo inesperado. La caña que se arquea de repente. Sacudón de furia por el pez enganchado. Al mirar a la distancia se vio el salto enorme de un gran Dorado. Parecía detenerse en el aire, con su brillo de oro en el poniente contrastado. La alegría era inmensa. Los gritos y abrazos de emoción nos colmaron. De pronto... sentí que me sacudían el brazo, y la voz del gurú que decía -Nico, prepará el mate… que el camino es largo-. Me di cuenta que nos estábamos volviendo. Y Pucho?... le pregunté mientras me enderezaba en el asiento. Inmutable, su mirada siguió fija en la ruta. Creo que el gurú no me había escuchado. Y Pucho… Pucho vaya a saber donde habría quedado.