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Cuando
pensé las vacaciones, las imaginé en el mar. Sin embargo, no había
tenido en cuenta, que, una de mis hijas, viajaría con nosotros, por lo
que debíamos preguntarle sus preferencias (democracia familiar que le
llaman). Muy segura y decidida ella contestó: ¡quiero ir al sur, quiero
volver a Junín de los Andes!! Vacaciones (en familia y en el sur) que no
se repetían desde aproximadamente 10 años. Es que los estudios y otras
situaciones no lo habían permitido. Ahora, estaba la
posibilidad de volver a reencontrarnos con lugares tantas veces
recorridos y disfrutados.
Salimos hacia
Junín de los Andes convencidos que la idea era pasear. Llegamos luego de
un viaje largo pero tranquilo. Nos esperaba gente amable, buena y
servicial. Ya organizados en el lugar, nos preguntamos donde iríamos a
pasear, a lo que muy segura y decidida nuevamente mi hija contestó: ¡a
pescar, papá!, ¡quiero pescar con mosca y hacerlo en el río Malleo, el
que te gusta a vos, y del cual decís es uno de los mejores!
Todos los años,
Pepe recorre este río, lo conoce, desde donde nace hasta su
desembocadura en el Aluminé, sus rincones, curvas, pozones, etc...
Todos los años al
volver nos habla de él, de su belleza, sus bondades, de los mosqueros
argentinos y extranjeros que lo pescan y respetan. Lo conocíamos de
oído, nunca lo habíamos visitado.
Así que el primer
paso importante y fundamental fue dirigirnos a la dirección de turismo a
sacar las cuatro licencias de pesca; todos estábamos decididos a pescar.
Los días bonitos,
el cielo azul, el viento suave y fresco, los rosales florecidos, la paz
y tranquilidad, todo nos anunciaba que pasaríamos unas lindas
vacaciones.
Partimos hacia el
Malleo, con el Lanín a nuestro lado acompañándonos siempre. Entramos en
la comunidad Paine Filú y recorrimos varios lugares pasando por lo de
varias familias Mapuches con sus casas, rebaños, viveros, escuelita
funcionando a pleno, sala sanitaria, campings, y los pescadores,
mosqueros todos respetando sus propios códigos: no invadir el lugar
donde está pescando otro, el silencio, cuidado del medio ambiente y la
preservación.
Creo que en el
medio de la montaña con tanta paz, comenzó a surgir todo lo que a lo
largo de estos años mi marido les enseñó a nuestras hijas a través de la
palabra (cosa que a veces los padres creemos que los hijos nunca nos
escuchan).
Al Malleo lo
recorrimos desde su nacimiento en el lago Tromen al pié del volcán
Lanín, hasta su confluencia con el Aluminé. Sus puentes, desbordes,
cascadas, vegetación (sauces, flores silvestres, cerezos, araucarias,
coíhues, etc...), animales y pájaros que conviven allí, como los
cóndores planeando sobre los nidos, chucaos, guanacos, cangrejos entre
las piedras, patos nadando contra la corriente en busca de alimento. Y
en medio de toda esa belleza simple y natural, las mariposas, caddis,
may flies, libélulas, aguaciles, sobrevolando el río, en un estallido de
colores salpicados por el brillo del sol. Allí pescamos, o al menos lo
intentamos; buscar el lugar, ver saltar truchitas, sentir el pique, la
sensación que la caña se va a romper en plena lucha, y la huída de la
mayoría, tal vez por falta de técnica y experiencia. Solo Pepe sacó
algunas chiquitas y medianas (las que devolvió a su medio rápidamente) y
también se le escaparon algunas.

Pero no importa lo
pescado, la cantidad, sino la calidad de lo vivido y sentido, el
preparativo de los equipos, ansiedad, la paciencia, tiempo de espera, la
lucha del pez y el retorno a su medio, el río. Las charlas entre pesca y
pesca, la siesta bajo los sauces, el rebaño de ovejas que se mezcla con
el picnic, el paisano cuidando y contando como vive, la lucha por su
tierra. El guardafauna cuidando el río, a través de los premisos y el
orgullo de ser felicitados por tener todo en orden (sorprendido este por
algo que debería ser lo normal y correcto: tener el permiso de pesca y
conocer el reglamento). Las conversaciones con pescadores extranjeros,
franceses, españoles, norteamericanos, alemanes, etc., a veces hasta por
señas tratando de entenderse mutuamente; desconocidos todos pero a los
que los une una misma pasión; y el estrecharse la mano al final de la
charla como sentimiento de placer por lo vivido y actitud de respeto.
Recorrimos otros
lugares, el almacén de ramos generales de Junín de los Andes
transformado en museo, resumen de la historia del pueblo, la plaza con
sus araucarias y la gente del lugar que se entremezcla (mapuches,
paisanos, turistas), la iglesia con madera y vitrales, el río Chimehuín,
el Quilquihue, cada uno con su singular belleza, el atardecer en el río
con la luna a pleno entre los álamos y las montañas. La tardecita de
Arte en la calle de San Martín de los Andes con los pintores,
bailarines, artesanos, mientras el Lolog y el Lacar observan apacibles.
Y la noche que nos sorprendió entre Junín y San Martín, iluminados por
la luna y las estrellas. Y así hasta llegar al amanecer mirando desde el
ventanal de la cabaña los pinares entre las montañas.
El paraíso
encontrado, en la unión de los lagos Huechulaufque y Paimún, y ese
irresistible helado que parece serlo: el Lanín. Y allí siempre guardiana
la virgen, la imagen de Madonna de la Adorazzione y la capilla blanca
tanto como el volcán que la cuida. Y los bosques de Araucarias,
imponentes, honrando la entrada a los parques al pié del volcán quien
espera impecablemente erguido con sus nieves eternas a alguien que lo
escale. Y escondido ahí nomás el lago Tromen a pasos de la frontera
chilena. Decorado con aljabas, muticias, flores de amancay, líquenes y
la selva valdiviana que comienza a asomar cargada de helechos y
vegetación abundante.
No me quiero
olvidar de muchas cosas importantes como del saludo a don Pedro
Mellinanco después de mas de 10 años de no verlo, quien alguna vez nos
alquiló caballos a orillas del Huechulafquèn y nos convidó pan casero
hecho en su horno de barro y allí permanece trabajando la tierra que le
pertenece hasta el final de su vida.
Pero no importa,
porque al mirar al Malleo pienso “todo tiene su recompensa…” con el
tiempo todo llega y según dicen uno cosecha lo que siembra, y es verdad
porque después de tantos años no esperábamos este momento. Porque los
padres vivimos por y para nuestros hijos y nos proponemos objetivos para
con ellos (que estudien, trabajen, sean buenas personas). Y estas
pequeñas enseñanzas que uno siembra a lo largo de la vida, nunca sabemos
cuando darán sus frutos o si los darán! Y esto que digo, que no
esperábamos, llegó.
Hoy se pudo
cosechar compartiendo, dialogando, disintiendo, acompañando,
disfrutando. Todo ello sobre la base del respeto, la libertad, la
sencillez y la educación; valores y actitudes desarrollados en la
actividad de la pesca con mosca, practicada como deporte y como
filosofía de vida.
Susana.
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