Pesca con mosca: ¿deporte o filosofía de vida?

Autor :Susana (esposa de Pepe Perrone)

 

         Cuando pensé las vacaciones, las imaginé en el mar. Sin embargo, no había tenido en cuenta, que, una de mis hijas, viajaría con nosotros, por lo que debíamos preguntarle sus preferencias (democracia familiar que le llaman). Muy segura y decidida ella contestó: ¡quiero ir al sur, quiero volver a Junín de los Andes!!Vacaciones (en familia y en el sur) que no se repetían desde aproximadamente 10 años. Es que los estudios y otras situaciones no lo habían permitido.

Ahora, estaba la posibilidad de volver a reencontrarnos con lugares tantas veces recorridos y disfrutados.

Salimos hacia Junín de los Andes convencidos que la idea era pasear. Llegamos luego de un viaje largo pero tranquilo. Nos esperaba gente amable, buena y servicial. Ya organizados en el lugar, nos preguntamos donde iríamos a pasear, a lo que muy segura y decidida nuevamente mi hija contestó: ¡a pescar, papá!, ¡quiero pescar con mosca y hacerlo en el río Malleo, el que te gusta a vos, y del cual decís es uno de los mejores!

Todos los años, Pepe recorre este río, lo conoce, desde donde nace hasta su desembocadura en el Aluminé, sus rincones, curvas, pozones, etc...

Todos los años al volver nos habla de él, de su belleza, sus bondades, de los mosqueros argentinos y extranjeros que lo pescan y respetan. Lo conocíamos de oído, nunca lo habíamos visitado.

Así que el primer paso importante y fundamental fue dirigirnos a la dirección de turismo a sacar las cuatro licencias de pesca; todos estábamos decididos a pescar.

Los días bonitos, el cielo azul, el viento suave y fresco, los rosales florecidos, la paz y tranquilidad, todo nos anunciaba que pasaríamos unas lindas vacaciones.

Partimos hacia el Malleo, con el Lanín a nuestro lado acompañándonos siempre. Entramos en la comunidad Paine Filú y recorrimos varios lugares pasando por lo de varias familias Mapuches con sus casas, rebaños, viveros, escuelita funcionando a pleno, sala sanitaria, campings, y los pescadores, mosqueros todos respetando sus propios códigos: no invadir el lugar donde está pescando otro, el silencio, cuidado del medio ambiente y la preservación.

Creo que en el medio de la montaña con tanta paz, comenzó a surgir todo lo que a lo largo de estos años mi marido les enseñó a nuestras hijas a través de la palabra (cosa que a veces los padres creemos que los hijos nunca nos escuchan).

Al Malleo lo recorrimos desde su nacimiento en el lago Tromen al pié del volcán Lanín, hasta su confluencia con el Aluminé. Sus puentes, desbordes, cascadas, vegetación (sauces, flores silvestres, cerezos, araucarias, coíhues, etc...), animales y pájaros que conviven allí, como los cóndores planeando sobre los nidos, chucaos, guanacos, cangrejos entre las piedras, patos nadando contra la corriente en busca de alimento. Y en medio de toda esa belleza simple y natural, las mariposas, caddis, may flies, libélulas, aguaciles, sobrevolando el río, en un estallido de colores salpicados por el brillo del sol. Allí pescamos, o al menos lo intentamos; buscar el lugar, ver saltar truchitas, sentir el pique, la sensación que la caña se va a romper en plena lucha, y la huída de la mayoría, tal vez por falta de técnica y experiencia. Solo Pepe sacó algunas chiquitas y medianas (las que devolvió a su medio rápidamente) y también se le escaparon algunas.

Pero no importa lo pescado, la cantidad, sino la calidad de lo vivido y sentido, el preparativo de los equipos, ansiedad, la paciencia, tiempo de espera, la lucha del pez y el retorno a su medio, el río. Las charlas entre pesca y pesca, la siesta bajo los sauces, el rebaño de ovejas que se mezcla con el picnic, el paisano cuidando y contando como vive, la lucha por su tierra. El guardafauna cuidando el río, a través de los premisos y el orgullo de ser felicitados por tener todo en orden (sorprendido este por algo que debería ser lo normal y correcto: tener el permiso de pesca y conocer el reglamento). Las conversaciones con pescadores extranjeros, franceses, españoles, norteamericanos, alemanes, etc., a veces hasta por señas tratando de entenderse mutuamente; desconocidos todos pero a los que los une una misma pasión; y el estrecharse la mano al final de la charla como sentimiento de placer por lo vivido y actitud de respeto.

Recorrimos otros lugares, el almacén de ramos generales de Junín de los Andes transformado en museo, resumen de la historia del pueblo, la plaza con sus araucarias y la gente del lugar que se entremezcla (mapuches, paisanos, turistas), la iglesia con madera y vitrales, el río Chimehuín, el Quilquihue, cada uno con su singular belleza, el atardecer en el río con la luna a pleno entre los álamos y las montañas. La tardecita de Arte en la calle de San Martín de los Andes con los pintores, bailarines, artesanos, mientras el Lolog y el Lacar observan apacibles. Y la noche que nos sorprendió entre Junín y San Martín,  iluminados por la luna y las estrellas. Y así hasta llegar al amanecer mirando desde el ventanal de la cabaña los pinares entre las montañas.

El paraíso encontrado, en la unión de los lagos Huechulaufque y Paimún, y ese irresistible helado que parece serlo: el Lanín. Y allí siempre guardiana la virgen,  la imagen de Madonna de la Adorazzione y la capilla blanca tanto como el volcán que la cuida. Y los bosques de Araucarias, imponentes, honrando la entrada a los parques al pié del volcán quien espera impecablemente erguido con sus nieves eternas a alguien que lo escale. Y escondido ahí nomás el lago Tromen a pasos de la frontera chilena. Decorado con aljabas, muticias, flores de amancay, líquenes y la selva valdiviana que comienza a asomar cargada de helechos y vegetación abundante.

 No me quiero  olvidar de muchas cosas importantes como del saludo a don Pedro Mellinanco después de mas de 10 años de no verlo, quien alguna vez nos alquiló caballos a orillas del Huechulafquèn y nos convidó pan casero hecho en su horno de barro y allí permanece trabajando la tierra que le pertenece hasta el final de su vida.

 Pero no importa, porque al mirar al Malleo pienso “todo tiene su recompensa…” con el tiempo todo llega y según dicen uno cosecha lo que siembra, y es verdad porque después de tantos años no esperábamos este momento. Porque los padres vivimos por y para nuestros hijos y nos proponemos objetivos para con ellos (que estudien, trabajen, sean buenas personas). Y estas pequeñas enseñanzas que uno siembra a lo largo de la vida, nunca sabemos cuando darán sus frutos o si los darán! Y esto que digo, que no esperábamos, llegó.

 Hoy se pudo cosechar compartiendo, dialogando, disintiendo, acompañando, disfrutando. Todo ello sobre la base del respeto, la libertad, la sencillez y  la educación; valores y actitudes desarrollados en la actividad de la pesca con mosca, practicada como deporte y  como filosofía de vida.

Susana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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